Desde un entre

Texto para el libro : Recetario Coreográfico, Un Roadbook

 

Cuando comienzas en el “entre”,
aquello de lo que estás en medio,
es una región de relaciones.
B. Massumi (1)

Desde principios del siglo pasado, muchos movimientos de vanguardia adoptaron el trabajo en colectivo para generar propuestas artísticas. Esos grupos trabajaban de manera conjunta con la intención de generar un cambio en la sociedad y de suprimir la individualidad a favor de una postura colectiva. Pero desde los ochentas y noventas los procesos compartidos adquieren una forma un poco distinta: mientras en los primeros colectivos, colaborar era un intento de privilegiar la unificación de ideas sobre la expresión individual, en las colaboraciones contemporáneas se promueven activamente las diferencias para alimentar el trabajo. De tal manera que el desacuerdo no se considera como un factor problemático sino que es lo que alimenta al grupo. Así, una de las principales premisas de las actuales colaboraciones es cómo trabajar juntos pero desde una perspectiva individual.
Sin embargo, el concepto de colaboración se ha vuelto extremadamente problemático en la cultura neoliberal, porque las mismas empresas lo han adoptado para mejorar su desempeño. Por lo tanto, la idea de colaborar ya no es en sí misma una manera de cuestionar al sistema sino que, a menudo, es un reflejo del mismo. Si desde Google hasta Toshiba los métodos laborales están basados en juntar trabajadores con conocimientos y habilidades distintas y, a través de estructuras horizontales, mejorar suproducto, quizás la única manera de seguir planteando el trabajo en conjunto como una respuesta crítica a los sistemas hegemónicos capitalistas, sea eliminar la idea de “producción” de la ecuación, o sea, poner en un segundo plano el resultado artístico y las relaciones meramente profesionales.

EL PROCESO COLABORATIVO COMO UNA COREOGRAFÍA EN SÍ MISMO
En un proceso compartido cada participante siente su presencia y a la vez percibe la presencia del grupo como una persona aparte. Cuando todos somos responsables de lo que se está haciendo, se crea un lugar donde la conciencia de las acciones, de sus tiempos, del contexto que las rodea, se vuelve el punto central del trabajo. Las ideas, los tonos de voz, los micromovimientos van tan rápido y son tantos, que no hay tiempo de entender a dónde vamos, porque todas las energías se invierten en comprender dónde estamos o dónde estoy. Definitivamente, aprender a surfear se vuelve una cuestión de supervivencia. El “yo” surfea en el medio del caos, entre malentendidos, desaparece, se reubica y, sólo a veces, logra percibir ese movimiento incontrolado del que está siendo parte. Si bien la danza, en el medio de esta corografía grupal, ocurre sólo cuando el movimiento llega a ser inubicable, la coreografía se hace presente cuando aún queda una mínima conciencia de las microdirecciones que la colectividad está tomando. Si se observa todo lo que acontece como una coreografía en sí misma, entonces se puede percibir la complejidad implícita en cada acontecimiento, sus características y, por ende, se reconoce la posibilidad de modificar, enmarcar o alterar la manera en la que nos relacionamos.
Por ejemplo, en Interferencias,(2) algunas pautas que se crearon para un performance, terminaron siendo parte de nuestras conversaciones cotidianas. Si alguien decía una palabra que me llamara la atención en un determinado contexto, podía usar el comando “define esa palabra”, o si no entendía exactamente a lo que se refería alguien, podía interrumpirlo diciendo “otra vez”, para que la persona tuviera que reformular la idea de otra manera. Había otras pautas involucradas, que al ser parte de un juego, ayudaban a que la comunicación se alejara de lo individual y nos concentráramos en una forma compartida. Además, cada uno estaba siendo constantemente interferido en su idea, de tal manera que se encontraba en la necesidad de replantearse o reformularse.
Con eso no quiero decir que para trabajar en grupo sea necesario estar constantemente enmarcados en juegos y pautas, o controlar y determinar las maneras de relacionarnos. Llevado esto al extremo, acabaría en una hiperestructuración de las interacciones que difícilmente podría seguir albergando potencialidades.

COMPLICIDAD Y CONFIANZA
Creo que la confianza y un cierto grado de complicidad son indispensables para trabajar juntos. Cuando un grupo de personas se va conociendo más en todos los niveles y la relación va más allá de lo meramente creativa y/o intelectual, las opiniones vertidas toman un volumen distinto. La confianza hace que sea más fácil externar críticas sobre lo que se está haciendo sin que este criticismo sea tomado de manera personal. Así que los comentarios se vuelven más filosos y directos porque está claro que la crítica va dirigida hacia “la materia compartida” y no hacia la persona. Esa confianza y complicidad toman tiempo para construirse. De entrada, no basta con juntarse y presentarse con una introducción de quince minutos (repitiendo lo que siempre repetimos para describir lo que hacemos), para luego comenzar a trabajar en algún proceso artístico o emprender un diálogo. Si se quiere trabajar
desde otro lugar, hay que perderle el miedo a mostrarse frágiles, olvidarse de lo que creemos que somos por un momento, para redescubrir lo que somos aquí y ahora, en esa microsociedad de la que se está siendo parte y que, además, se está construyendo. La fiesta es, hasta ahora, uno de los mejores recursos para facilitar esa complicidad. La fiesta como el ritual en donde se diluyen las jerarquías y los roles, es una interrupción de la cotidianeidad que, a la vez, define y enmarca las características de esa misma cotidianeidad.

La fiesta se asocia a la noción de comunidad, puesto que quienes participan en ella asumen mantener con los concelebrantes algún tipo de comunión, que sugiere la idea de un retorno a una hermandad proclamada a veces frenéticamente, en que las jerarquías y las estratificaciones han desaparecido para dar paso a una igualdad primigenia y a la evocación de una autenticidad que la vida cotidiana obliga a permanecer velada, aunque nunca deje por ello de estar presente.(3)

En varios de los grupos de los que he sido parte, compartir una o varias fiestas, o hacer fiestas, ha sido determinante
para que la práctica colaborativa se alejara de la función meramente utilitaria, para que el trabajo se convirtiera en una excusa para conformar una comunidad (aunque fuera efímera), y para que las tensiones o malentendidos que quizás pudieran aflorar en alguna etapa del proceso encontraran un lugar para distenderse. En la fiesta, lo corporal toma el primer plano: abrazarse, bailar, verse bailar, los cuerpos que se mueven frenéticamente, el calor, la cercanía en donde la pose se desvanece y el cuerpo del otro me recuerda mi propia finitud.
Si por un lado, la confianza y la complicidad resultan indispensables para trabajar juntos, en algunos casos pueden ser las causas de una excesiva complacencia. La misma confianza que me permite ser más directo en mis comentarios, puede, en su exceso, ser la que me lleva a evitar externar comentarios críticos hacia las opiniones del otro. Dado que conozco más al otro, quizás busque evitar observaciones que reconozco lo molestan. Dado que percibo al otro desde un lugar más sensible, quizás me resulte difícil externar opiniones que lo podrían herir. Así, el silencio puede ser una buena táctica para convivir, pero cuando la armonía y el apoyo mutuo se vuelven predominantes, entonces el grupo se estanca, se ubica en la comodidad de lo conocido, la velocidad de los cambios se enlentece, el “yo” comienza a encontrar su lugar y se reconoce más estable, por lo que disminuye su probabilidad de mutar y moverse, y a la par disminuye la potencia del grupo de generar un conocimiento “otro”.

Es más que normal que en las distintas etapas de un grupo se generen roles o núcleos que detonan con más fuerza ciertas acciones. Pero si esos roles y núcleos se solidifican por un prolongado lapso de tiempo, será más difícil que aparezca con fuerza el afecto,(4) dado que disminuye el potencial de cambio. Si el grupo comienza a tomar una identidad demasiado reconocible y a basar su práctica en la solidificación de un lenguaje y unos intereses comunes, entonces se desintensifica. De alguna manera, el “consensus es siempre el producto de un poder-sobre. Es una habituarse a éste…”.(5)

LOS PROCESOS COMPARTIDOS Y LA MICROPOLÍTICA
En un proceso en grupo se genera una microsociedad porque hay que compartir un tiempo y un espacio, hay un
campo (field) de trabajo, y se generan roles y funciones. Si bien la producción de “algo” se vuelve el catalizador de las
acciones del grupo, es a la vez una excusa para observarnos, para ver cómo jugamos y qué protocolos se construyen para relacionarnos con ese catalizador. El foco de atención está en cómo esa microsociedad opera en sí misma. De alguna manera, en este tipo de procesos tenemos la posibilidad de volver a ese campo de juego de cuando éramos niños y aún nos parecía natural inventarnos las reglas del juego. Si bien inevitablemente cada persona carga con su historia, con sus referentes y con su tipo de conexiones neuronales, auto organizarnos nos permite, por lo menos en potencia, un campo de exploración para reformular el tipo de relaciones  de las que queremos formar parte y/o que queremos establecer. Es a través de buscar otras maneras de relacionarnos que nos podemos ubicar en ese espacio “entre” y potenciar la intensidad del afecto, haciendo que cada acción y cada decisión tomen un carácter estético. Es, entonces, cuando el trabajo colaborativo se relaciona con la micropolítica.

Micropolíticamente, la crítica tiene que venir desde dentro, en el meollo de las cosas, significa ensuciarse las manos. No hay ninguna situación que está fuera de una situación. Y ninguna situación puede estar sujeta a la maestría de la misma. Es sólo mediante el reconocimiento de los lazos de complicidad y las limitaciones que vienen con la situación, que puedes tener éxito en la modulación de esas limitaciones en su nivel constitutivo, donde resurgen y se serializan. Esta es “crítica” inmanente .Es crítica activa y participativa. Para mí, la acción micropolítica implica este tipo de crítica inmanente que altera activamente las condiciones de emergencia. Su actividad es llegar a ser, en lugar de juzgar lo que es.6

Me resulta emocionante observar cómo, desde la no predeterminación algo se conforma, así como pensar en por qué suceden ciertas cosas y otras no (no en para qué sino en por qué). Me interesa cuando un grupo de personas se junta y, sólo luego de compartir un tiempo y un espacio, se genera la necesidad, la intención o la emoción de hacer algo. Entonces surge un acuerdo entre las personas, que no es estable ni tampoco es consecuencia de escoger una de las ideas propuestas sobre las demás; más bien, esa acción es el resultado de una simbiosis de ideas, de una serie de eventos difíciles de rastrear, de una serie de potencialidades que aún sin ser parte de la forma que ese algo toma, están presentes en ella. Ese “algo” a veces toma muchísimo tiempo en aparecer, otras ocurre muy rápido.
Las ideas que se generan en una coautoría artística son irrastreables porque están constituidas por una serie de micromovimientos que en su mayoría no quedan grabados en la memoria voluntaria, aquella de la que tenemos conciencia, así que es imposible (o casi) saber de quién es una idea o recordar en qué momento y por qué se decidió hacer algo. Lo que sí es seguro es que en cada paso, lo que se está haciendo es responsabilidad de todos los que lo activan. Así, la acción se convierte en un lugar conformado por “entres”, en reflejo de la persona-grupo, cuya identidad es, a menudo, indefinible y, a la vez, compartida.
Me parece importante comentar que no creo que este tipo de relaciones puedan surgir en un contexto de absoluta libertad, porque si todo es posible, nada está en riesgo y ninguna idea se lleva al extremo de sus potencialidades. Si todo es posible, lo más probable es que cada participante se relacione con los demás desde la comodidad de lo que ya conoce. Lo interesante es ubicar aquellos marcos, reglas y protocolos que en sí mismos no son predeterminantes y que dejan abierto el campo de lo imposible, porque, si bien delinean un campo de acción, es imposible (valga la redundancia) predecir qué sucederá cuando sean habitados.

EN RELACIÓN A LA MACROPOLÍTICA
Por más que esté convencida que la revolución de hoy es viral y no apocalíptica, no me deja de perseguir la pregunta de cómo las acciones micropolíticas de las que he formado parte se relacionan con lo macro.
De entrada, el mercado del arte y el mundo en general necesitan de cosas. La industria cultural necesita de seguir produciendo algo visible y que pueda ser comercializable bajo sus parámetros de referencia. Así que la forma de buscar apoyos para financiar proyectos que tienen al tiempo, más que a la producción de un objeto, como base de su realización, es hablar de “investigación artística”, de “construir redes”, de “generar intercambio”, como si lo que se vendiera fuera la producción de “algo” relacionado al proceso del encuentro del grupo. Pero en realidad, ninguna de las acciones micropolíticas pueden ser reproducidas o traspoladas a otra situación, de tal manera que en sí mismas no pueden convertirse en un producto: el afecto no es cuantificable.
Entonces surge la pregunta, ¿qué es lo que puede hacerse visible, es decir, perceptible al “otro”?
Si lo que se comparte con un espectador es una obra, entonces en ella se refleja la manera de trabajar del grupo, y su forma misma estará afectada por el proceso colectivo. Si la obra está hecha por un grupo de personas en coautoría entonces la obra en sí será un reflejo de esa persona-grupo. Otra manera de hacer visible estos procesos, es generar, durante o a posteriori, reflexiones o reflejos de lo acontecido.
También se pueden compartir algunos protocolos o reglas de juego que surgieron durante la práctica para que otros los habiten o se los reapropien. Así, en cada circunstancia específica irán apareciendo formas que sean compartibles, así como maneras de relacionarse no sólo con un posible ojo externo, con un espectador, sino con las instituciones, con sus modelos que no van a cambiar a corto plazo, y de las cuales, hay que admitir, no podemos simplemente aislarnos (más allá de si nos dan o no un apoyo). Por otro lado, si tenemos la suerte de tener el tiempo de trabajar juntos sin a cambio tener que producir nada tangible para la industria cultural, cada participante hará perceptible algo de la experiencia llevándolo consigo a otros contextos.
En conclusión, cuando antes situaba mi crítica a la realidad a un nivel macropolítico, sea de manera personal o a través de alguna expresión artística, tenía la ilusión de que existía un lugar externo en el que me podía situar a juzgar, un lugar en el que yo no era directamente responsable de lo que acontecía, por lo que a menudo mi crítica se oponía de manera muy simplista. Ahora, si me interesa trabajar en colaboración es porque siento que sólo buscando otras maneras de relacionarme con lo que me rodea de cerca, puedo seguir ejerciendo mi capacidad de acción y de cambio: desde el disenso, desde la premisa de que no hay manera de encontrar una perspectiva común que nos englobe en un mismo lenguaje o estructura, desde la no-producción, desde la práctica de devenir más que la de ser, desde la no reducción de las diferencias, desde la fiesta.

 

1 Brian Massumi, “Of microperception and Micropilitics, An Interview with Brian Massumi”,
en Inflexions: a Journal for Research-Creation, No. 3, octubre de 2009, p.2, <http://inflexions.org/
n3_lazzaratohtml.html> (visitado en octubre de 2012).

2 Interferecias es un encuentro de artistas de distintos países que se llevó a cabo en varios países
en el 2010 y en el 2012, y del cual he sido parte, <www.interferencias.info> (visitado en octubre
de 2012).

3 Manuel Delgado, Tiempo e Identidad. La representación festiva de la comunidad y sus ritmos,
Barcelona, Institut Català d’Antropologia, <http://hedatuz.euskomedia.org/2852/1/26077098.
pdf> (visitado en octubre de 2012).

4 No me refiero con afecto a la emoción sino a algunos de sus significados propuestos en la filosofía. Spinoza en Ética dice: “la habilidad de afectar y ser afectados”. En Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, Deleuze y Guattari dicen que “es una intensidad pre-personal que corresponde al pasaje desde un estado experiencial del cuerpo a otro y que implica un aumento o disminución de la capacidad de este organismo para actuar”, y Massumi propone que el afecto
también se reconoce como algo que, cuando acontece, no carga aún ningún contenido: “Todo lo que hay es la cualidad afectiva, coincidiendo con la sensación de interrupción, con un tipo de transición”(Massumi, “Of microperception and Micropilitics”, Op. Cit.).

5 B. Massumi, Op. Cit.

6 Ibid.

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