Un cuentito de la serie coreografías masivas.

Y entonces se acostaron

Y entonces las masas ocuparon el espacio público y se acostaron, iniciando así una siesta colectiva.

No había carteles ni reclamos. Se decidió que nadie le iba a preguntar al otro por qué estaba ahí, ni qué era lo que le parecía inaceptable. Sólo llegarían todos a cierta hora, se acomodarían y comenzarían a dormir.

Pensaban que compartir todos desde su estado más frágil, serviría por lo menos para intentar acabar con esa desconfianza que se había propiciado entre ellos.

Y así fueron llegando, cada uno con lo que consideraba le ayudaría a dormir: cobijas, tapetes, cojines, peluches, audífonos, botellas, enervantes, tapa-ojos y uno que otro libro. Se tomaron unos diez minutos en acomodarse. Luego pasó mucho tiempo para que todos quedaran dormidos.

Eran muchos, ocupaban plazas y calles enteras.

Dado que nadie se lo esperaba las reacciones tardaron en llegar. Los policías comenzaron a gritarles y a sacudirlos para que se despertaran. Pero ellos quedaban dormidos, tranquilos, sus cuerpos inhertes. Todos aquellos que hubieran podido defenderlos estaban dormidos también. Frente a la nula reacción de esos cuerpos, las fuerzas comenzaron a cargarlos de uno en uno, a subirlos a unas camionetas que se llenaban rápidamente. Tuvieron que hacerlo con cuidado, porque frente a tal inhercia cualquier otra manera de moverlos hubiera generado una pésima opinión pública.

En las televisoras, como siempre, recurrieron a imágenes de otras manifestaciones para difundir la noticia. Pero era evidente para todos que eso no era lo que estaba sucediendo: en todas partes alguien había pasado cerca de una masa de cuerpos dormidos.

Las fuerzas se tardaron horas, días, para moverlos de su lugar. Lo único que lograban era desplazar esos cuerpos de un lugar a otro, de la calle a la camioneta, de la camioneta a la procuradoría. Para cuando habían logrado llevar a la mayoría frente a un juez, ya habían pasado 4 meses y se había requerido de miles de voluntarios para moverlos. Hasta el presidente salió en la tele ayudando a mover esa masa.

En el extranjero se comenzó a hablar de que quizás un virus extraño se había propagado, que esa era la única explicación. Se cerraron las frontera del país.

Más personas se sumaron al sueño colectivo, hasta que los únicos que quedaron despiertos fueron aquellos que no estaban dispuestos a confiar y mostrarse fragiles, aquellos que no podían entender ese placer. Entre ellos, algunos lograron escaparse ilegalmente a otro país, y los que no, tuvieron tanto miedo de quedarse dormidos (pensando que quizás mientras dormían esos cuerpos podrían despertar y aniquilarlos) que se fueron muriendo lentamente por falta de sueño.

Cuando murió el último de los que no quisieron dormir, los que iniciaron esa pacífica siesta comenzaron a despertar, y habían soñado por tanto tiempo que no faltó imaginación por un buen rato.

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